Un Lugar para Ti

Narrativa y ficción de Colombia: Jorge Mario Sánchez Noguera

Tiempo de lectura: 4 minutos

Jorge Mario Sánchez Noguera

(Bucaramanga, Colombia, 1979)

 

Escritor, ingeniero electrónico, docente universitario de literatura y lenguaje. Sus ensayos académicos sobre crítica literaria han sido publicados en libros y revistas de Colombia y México.

 

Bloomington

 

El bar se llamaba Nick’s. Entré, subí las escaleras y le eché una mirada al salón. Era el típico bar de deportes, con televisores colgando del techo y las paredes, con banderas de equipos de fútbol y baloncesto, con fotos misceláneas por todo lado, incluso había una bicicleta por ahí, de adorno. No estaba lleno: un puñado de universitarios en las mesas, algunos tipos con camisetas de equipos sentados en la barra mirando los partidos. Fui hasta allá, me senté, dejé mi maletín en el piso y pedí una cerveza. Tenía un televisor frente a mí. Fútbol. Odio los deportes, así que no le presté mucha atención. Miré hacia mi izquierda. A dos sillas de la mía había un chico rubio, con camiseta deportiva roja. Pedí unas papas a la francesa y cuando me las sirvieron les eché mostaza. Mientras comía le dije al chico a mi izquierda:

 

—¿Está bueno?

—¿Qué cosa, amigo?

—El partido. ¿Está bueno? No sé mucho de fútbol.

—Nah, está aburrido. Estamos jugando como niñas.

—Siempre me ha parecido un juego muy violento. Detesto la violencia.

—Pero es una violencia que ayuda a descargar la propia. Catarsis.

—Catarsis… Llevamos dos segundos de conversación y ya estamos hablando griego.

 

El chico se rió. Se presentó, me dijo que se llamaba Pete. Yo le dije que me llamaba Dustin. Lo invité a otra cerveza y seguimos hablando. A los pocos minutos me moví a la silla de mi izquierda. Él dejó de mirar el televisor y se sentó de medio lado, encarándome. Yo puse mi brazo derecho sobre la barra y me encorvé un poco.

 

—¿Estudias en la universidad? —le pregunté.

—Sí. Ciencias políticas. ¿Y tú?

—Trabajo. Vengo de Indianápolis. Mañana regreso.

—¿En qué trabajas?

—Le ayudo con unos asuntos a un amigo.

—Ya veo. ¿Te gusta?

—No sé. No pienso en ello. Sólo sé que soy bueno para ese tipo de cosas.

—Es tu vocación, supongo. Creo que mi vocación es ayudar a la gente que anda mal. Quisiera hacerles la vida más fácil. ¿Eres de Indianápolis?

—Vivo ahí desde hace muchos años, pero soy de Atlanta. ¿Qué me dices de ti?

—Vengo de Kansas.

 

Pensé en la típica línea sobre Kansas de las películas, pero no dije nada. Pete no debía tener más de 22 años. En su cara sonrosada vi algo de acné. Había ingenuidad en sus ojos, y una ternura infantil que no había perdido aún. Le dije eso, le dije que en sus ojos había ternura infantil, y que encontrar eso en un adulto era raro. Él se sonrojó. Pedimos otra orden de papas y más cerveza. Yo nunca me emborracho, pero no se lo dije. En cambio, la cara de él se ponía cada vez más roja. De vez en cuando yo pasaba mi mano por su muslo. Su cara ya estaba a cinco pulgadas de la mía. Le pregunté si quería que nos fuéramos a otro sitio. Él me invitó a su apartamento, vivía en una de las residencias estudiantiles de la universidad.

 

Le dije que había dejado mi auto en el hotel, así que tomamos el bus gratuito que recorre todo el pueblo. Dentro del bus había unos cuantos estudiantes, todos medianamente borrachos. Vi chinos, hispanos y algún negro. Los únicos blancos éramos Pete, yo y otro chico que iba dormido. Por mi edad yo parecía un estudiante de posgrado, pero igual nadie me prestaba atención. Nos sentamos los dos juntos, yo iba del lado de la ventana con el maletín sobre mis piernas, en silencio. Pete recostó su cabeza en mi hombro. El bus recorría el campus, dejando atrás los edificios oscuros en medio del bosque que parece siempre a punto de tragarse el pueblo. Los chicos y las chicas subían y bajaban del bus con esa alegría tonta de su edad. Sentí algo parecido a la nostalgia y le di a Pete un beso en la cabeza mientras olía su pelo.

 

Cuando llegamos a las residencias, que quedaban en el límite del campus, ya casi todos se habían bajado. El edificio era de los más feos de la universidad. Sin duda el chico era pobre, probablemente estaba becado. Entramos. No había nadie en la recepción. Caminamos por un largo pasillo con puertas a lado y lado que olía a curry y a especias del Medio Oriente. El apartamento era de un solo ambiente, más cocina, clóset y baño. Apenas cerramos la puerta Pete se me abalanzó y me arrinconó contra una pared. Traté en lo posible de soltar con cuidado mi maletín, por suerte el piso era alfombrado. Me metió la lengua en la boca y me agarró duro la verga a través del pantalón. Me soltó la correa, me bajó el cierre, se arrodilló y se metió mi pene erecto en la boca. Qué lengua deliciosa. Lo dejé que jugueteara ahí un rato, que me lamiera el glande y me chupara los testículos. Se puso de pie y me besó nuevamente, yo lo cogí, le di la vuelta, le bajé el pantalón, lo puse en cuatro y empecé a juguetear con su ano con mis dedos húmedos y mi lengua. Luego se lo fui metiendo poco a poco, y cuando vi que ya lo estaba disfrutando se lo clavé sin compasión una y otra vez. Sus gemidos me volvían loco.

 

Follamos una hora, más o menos. Me levanté, me paré en medio de la sala e hice mi rutina de estiramientos. Él estaba acostado bocabajo en la cama, mirándome con esos ojos tiernos. Era bello ese niñito. Cuando acabé crucé la sala y fui hasta el maletín que había quedado recostado en la pared. Lo abrí y, de espaldas a Pete, saqué la pistola y le puse el silenciador. Luego me di la vuelta y le dije que no se le ocurriera gritar. Él se incorporó y se recostó en el espaldar de la cama. Me dijo que no tenía mucho dinero pero que me podía llevar todo lo que encontrara. Le dije que eso no me interesaba, y como el chico me daba lástima decidí decirle que no era nada personal y que me había enviado Lucy. Cuando oyó ese nombre su cara se congestionó y empezó a llorar. Me di cuenta de que iba a gritar y antes de que lo hiciera disparé dos veces, apuntándole al corazón y a la cabeza. Me vestí, limpié lo que había que limpiar y salí.

 

Tan pronto llegué al estacionamiento tomé mi auto y me largué del pueblo. En el camino a Indianápolis me puse a contemplar el bosque a mi derecha, iluminado por la luna. Sentí como si algo antiguo e intolerable acechara entre esos árboles, y preferí concentrarme en la carretera. En algunas horas estaría en otro estado con un nuevo nombre. Luego todo empezaría otra vez.

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